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Hemeroteca — 27 agosto 2011

ÁNGELA GALLEGO

La adolescencia es un periodo que se inicia en torno a los once o doce años y se extiende más o menos hasta los diecinueve, si bien su duración es variable en función de las características individuales. Se suele pensar que es en esta etapa de la vida cuando se inicia la sexualidad humana, como si en la infancia no hubiera manifestaciones de carácter sexual. Lo cierto es que en la adolescencia se produce un proceso de primacía de los órganos genitales frente a las demás zonas erógenas y aparece la primera elección de objeto amoroso. No se trata de un despertar de la sexualidad antes inexistente sino de una organización diferente, de modo que los actos productores de placer y excitación, independientes hasta entonces unos de otros , se convierten en actos preparatorios del nuevo fin sexual, que es la reproducción.

Los órganos genitales no son la única parte del cuerpo que puede generar sensaciones de placer sexual. La sexualidad infantil, que no sólo acontece en la infancia, se caracteriza por ser autoerótica y buscar la satisfacción en una parte de su propio cuerpo. El interés que todos los niños muestran por conocer el origen de la gestación suele ser acallado por el adulto con fabulosas historias, que producen en el niño el efecto adverso al deseado, es decir, la ocultación hace que el niño sienta un más vivo interés por conocer aquello que sus padres parecen tan empeñados en no contar.

La investigación sexual surge en paralelo con la investigación intelectual y las trabas en el aprendizaje están siempre relacionadas con perturbaciones del desarrollo psicosexual.
Creer que los niños carecen de instinto sexual, no apareciendo éste hasta la pubertad, con la madurez de los órganos sexuales, conduce a silenciar sus interrogaciones.

La práctica general de ocultar a los niños el mayor tiempo posible todo conocimiento sexual para otorgarles luego con frases ampulosas y solemnes una media explicación, que casi siempre llega tarde, es francamente equivocada. Es necesario que lo sexual sea tratado con naturalidad y se respondan las preguntas que el niño en su necesaria investigación sexual realiza. Las mentiras o medias verdades sólo ayudan a acrecentar aún más la curiosidad del niño y a instaurar un sentimiento de culpa en torno a las voluptuosas sensaciones que éste experimenta en su cuerpo.

Por otro lado el niño es capaz de la mayor parte de las funciones de la vida erótica como son la ternura y los celos, mucho antes de alcanzar la pubertad. El primer objeto de amor son las figuras parentales, a las que el sujeto por decreto social se ve obligado a renunciar.

En general cuando los niños ven negadas aquellas explicaciones que demandan de los adultos, prosiguen atormentándose en secreto con tales cuestiones. Las teorías sexuales infantiles suelen engendrar más certeza de la que el adulto en principio les atribuye. La represión en el terreno sexual produce en aquellos sujetos de naturaleza más enérgica una actitud de rebeldía frente a los padres y educadores, que a veces se mantiene en la vida adulta con respecto a cualquier otra figura de autoridad.

La vida sexual del adolescente está marcada por las fantasías, que tienen su descarga motora en la masturbación. En estas fantasías resurgen en todos los hombres las tendencias infantiles, fortificadas ahora por la energía somática derivada de la maduración de las gónadas,  y entre ellas aparece con especial fuerza la antigua impulsión sexual del niño hacia sus padres, diferenciada en la mayoría de los casos por la atracción de los sexos, esto es, del hijo por la madre y de la hija por el padre. Simultáneamente al vencimiento y repulsa de estas fantasías inconscientes claramente incestuosas, tiene lugar una de las reacciones psíquicas más importantes y también más dolorosas de la pubertad: la “liberación” del individuo de la autoridad de sus padres, por medio de la cual queda creada la contradicción de la nueva generación, con respecto de la anterior, tan importante para el progreso de la civilización.

 

DE MEXICO NOS VIENE ESTE ARTICULO, LA GLOBALIZACION EN LA EDUCACION Y LOS PROBLEMAS DE COMUNICACION CON NUESTROS HIJOS.

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Karina Galarza Vásquez
Rebelarse contra los padres durante la adolescencia se considera normal, sin embargo, cuando dicha conducta persiste y hay alto grado de agresividad es indispensable poner las cartas sobre la mesa.
Es importante considerar que la adolescencia inicia entre los 10 y 14 años, si bien continúa hasta los 19 ó 21, y es un periodo en el que preocupan infinidad de cosas, como el molesto acné, peso corporal, llegada de la menstruación, sexualidad, presión escolar, aburrimiento, “sermones” de los padres y problemas financieros. Además, es común que el joven luche por ser independiente y resienta la protección excesiva de sus progenitores, situación que normalmente deriva en discusiones.
“Cuando las riñas entre padres e hijos son constantes y con altas dosis de violencia es muy probable que ello responda al estilo de comunicación que se desarrolla en el núcleo familiar desde la infancia. Por ejemplo, si los progenitores tienden a ser violentos o expresan sus emociones impulsivamente, los niños aprenden a ser como ellos, y no es de sorprender que cuando lleguen a la adolescencia actúen conforme a lo que han vivido”, explica en entrevista exclusiva la doctora Guadalupe Aguila Medina, exsubdirectora de proyectos especiales en el Consejo Nacional Contra las Adicciones de la Secretaría de Salud (Ssa).
Asimismo, hay que considerar que los chicos quieren ser libres para tomar sus propias decisiones, por ejemplo, acerca de la ropa que deben vestir, tipo de música que escucharán y horarios de estudio o descanso. A decir de la psicoterapeuta, lo anterior es completamente normal, “pero hay papás que no desean ver que sus hijos crezcan ni que actúen por sí mismos, quieren imponer sus ideas y desvalorizan las de los jóvenes”.
De tal padre…
De acuerdo con diversos estudios y observaciones, se han definido cuatro formas de ser padre: autoritaria, permisiva, rechazante y/o democrática.
El papá autoritario se caracteriza por ser muy demandante y poco responsable, lo que significa que le exige al hijo que obedezca ciegamente sin cuestionar la orden que está dando, pero es poco comprometido con las necesidades del chico. Dicha imposición desalienta el desarrollo emocional del muchacho, ya que de alguna manera le da a entender que su opinión no cuenta; la frase usada con mayor frecuencia cuando el chico habla es: “Tu te callas, aquí sólo vale lo que yo digo”. “Si cuidan a sus vástagos es porque cumplen con las reglas sociales, ya que temen al que dirán”, refiere Aguila Medina, quien también fungió como subdirectora de coordinación y supervisión de la Dirección de Normas de Salud Mental de la Ssa.
A su vez, el padre permisivo tiene la virtud de considerar las necesidades emocionales de sus hijos, sin embargo, no les exige nada y es muy temeroso, al grado de decir: “Como no quiero pelear con mi hijo, mejor me callo”, pues no desea que su descendiente se moleste, lo que incluso lo lleva a tolerar que le grite cuando hay visitas en casa.
El papá rechazante o negligente es aquel que se desentiende de su retoño, no ejerce ninguna supervisión y lo deja hacer su santa voluntad; el mensaje que le manda constantemente es: “Haz lo que quieras, a mi no me importa”, lo cual ocasiona que el joven se sienta desvalorizado. Por ejemplo, el chico puede llegar muy feliz a comunicarle que ganó el concurso anual de literatura y su padre le contesta “pásame el salero”.
En cualquiera de los casos antes citados es frecuente que se críen hijos con baja autoestima, escasa confianza, temor, malhumor, agresividad y, muchas veces, para aliviar el malestar en que viven son propensos a consumir drogas, vivir su sexualidad en forma irresponsable y fracasar escolarmente.
Ahora bien, la contraparte está representada por el padre democrático, cuya actitud es cariñosa, firme, no impone reglas, sino las sugiere, y hace entender a su hijo por qué se establecen; en este caso el niño se siente respetado, pues no hay arbitrariedad, sino acuerdos.
Detonadores
Cuando el padre es predominantemente autoritario, permisivo o negligente, el adolescente no se queda con los brazos cruzados y exige atención y libertad, ante lo cual el progenitor no acepta que su hijo ya tiene capacidad para tomar ciertas decisiones.
El simple hecho de que el chico crezca puede originar distanciamiento y hostilidad en la relación, pues conforme pasan los años el padre se vuelve demandante y enfoca su atención hacia los estudios y actividades deportivas en las que participa el adolescente, pero en lo que se refiere a su desarrollo emocional se mantiene al margen, pues se interesa menos en lo que el menor vive día tras día, por ejemplo, la forma en que se divierte con sus amigos o si tiene novia.
Así, el progenitor comienza a adoptar el rol de asistente de la madre, motivo por el que se vuelve distante y utiliza el pretexto de que se va a trabajar, y al llegar a casa argumenta sentirse cansado. Hay reportes de investigaciones que muestran que algunos jóvenes expresan: “Mi mamá sí me conoce a fondo, mi papá no, somos dos extraños”. Esto se debe a que el padre sigue el papel tradicional, el cual establece que es la figura de autoridad que sólo soluciona los problemas.
“Desde luego que no se puede generalizar ni ir al extremo de afirmar que el papá no es sensible a las necesidades de su hijo, sí lo es, pero no sabe cómo cuidarlo, se ajusta a su paternidad, lo que quiere decir: yo mando, traigo el dinero y luego me voy”, indica Aguila Medina.
Asimismo, cuando el joven es castigado, reprimido, regañado frente a sus amigos y no tiene la atención paterna, es posible que desarrolle conducta violenta, sufra depresión, su autoestima baje hasta el sótano y los estudios dejen de importarle. Vale la pena mencionar que si lo anterior se prolonga y no se hace nada para resolverlo, el chico puede iniciarse en el consumo de bebidas alcohólicas y drogas, pero lo más grave es que considere al suicidio como una opción para desquitarse de su progenitor, pues como no puede exterminarlo prefiere acabar con su propia vida.
“Es muy importante que los padres entiendan que cuando su hijo es bebé deben cuidarlo con lupa, pero cuando llega a la adolescencia la supervisión hay que realizarla a distancia, pues si uno está todo el tiempo sobre él se molesta porque considera que ya tiene la edad suficiente para tomar decisiones; lo importante es vigilar si éstas no comprometen su bienestar y/o salud. Por ejemplo, si el muchacho quiere dejarse el cabello largo, hay que permitírselo, pues eso no compromete su vida”, sugiere la psicoterapeuta.
“De lo contrario agrega, el joven adopta actitud retadora y el padre, en el afán de no perder su figura de autoridad, impone órdenes arbitrariamente, y cuando se presentan incidentes insignificantes pueden derivar en graves escaladas de violencia”.
Otra situación que puede ocasionar conflicto entre padre e hijo se origina cuando el primero pretende volver a ser joven y ve al vástago como un rival. Lo anterior se debe a que la sociedad actual brinda demasiada importancia a la belleza y juventud, lo que puede causarle al papá cierta frustración porque sus mejores años se esfumaron y ve que su retoño sale con atractivas jovencitas y, de alguna manera, quiere ser como él. Aunque no siempre sucede, el progenitor intenta igualarse al chico al recurrir a muchos productos de belleza y vestir prendas casuales para sentirse como adolescente, lo cual le impide transmitirle al menor su afecto, experiencia y consejos.
Tome en cuenta que cuando algún aspecto del comportamiento del hijo causa preocupación, el primer paso es hablar con él, pues la comunicación es eficaz para revelar todo aquello que nos molesta y entender la necesidad de independencia del joven. Si usted cree que lo ha intentado todo y nada cambia, debería empezar a pensar que, probablemente, la responsabilidad sea suya, en cuyo caso podría buscar la ayuda de un psicólogo o psicoterapeuta. Recuerde que cada caso es diferente y que los especialistas mencionados le ayudarán a encontrar la solución más satisfactoria.

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