Hubo un tiempo en que el cielo de Camas no solo se teñía de atardeceres rojizos, sino también del humo constante de sus hornos. A la salida de La Pañoleta, en lo que hoy conocemos como la zona de Vega del Rey y la actual Avenida de las Erillas, latía uno de los motores industriales más importantes del Aljarafe: las fábricas de ladrillos.
Entre todas destacó una con nombre propio que aún permanece en la memoria de muchos cameros: Ladrillos de Molduras Las Erillas S.L.. Allí no se fabricaba un ladrillo cualquiera. Allí se cocía carácter.
El secreto estaba en la cáscara de piñón utilizada como combustible. Ese detalle, tan propio de nuestra tierra, generaba una cocción especial que otorgaba a las piezas una tonalidad rojiza profunda, con matices tostados y una textura que combinaba firmeza y elegancia. Era un rojo distinto. Más cálido. Más vivo.
Ese color cruzó el puente y se convirtió en símbolo de toda una época.
Cuando Sevilla se preparaba para la Exposición Iberoamericana de 1929, los arquitectos regionalistas encontraron en aquellos ladrillos de moldura la materia perfecta para sus proyectos. Buena parte de la majestuosidad de la Plaza de España, con sus arcos, cornisas y detalles cerámicos, respira ese tono nacido en los hornos de Camas. Ese rojo que dialoga con la cerámica vidriada y con el reflejo del agua no salió de una gran industria lejana, sino de la vega que muchos hemos pisado.
Pero no todo era moldura noble y encargo monumental.
Junto a aquellas naves industriales convivían los tejares tradicionales, donde el ladrillo rústico se moldeaba a mano y se extendía sobre la tierra para que el sol hiciera su parte. Eran piezas más irregulares, más ásperas, más auténticas. Ladrillos de corral, de patio, de tapia encalada. Ladrillos de vida cotidiana.
Mientras Las Erillas daba forma a la Sevilla monumental, los tejares daban forma a la Sevilla doméstica.
Camas fue barro, fuego y oficio. Fue industria y fue artesanía. Fue el punto de partida de un color que hoy millones de personas fotografían sin saber que nació aquí.
Porque antes de ser postal, fue horno.
Y antes de ser monumento, fue barro camero.