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Hemeroteca — 25 mayo 2013
Novela El Canto del grillo. Preámbulo y Capítulo I

Todos los sábados, un capítulo de la novela de Javier Urbaneja de Montenegro “El Canto del Grillo”.- Preámbulo y Capítulo I

Javier Urbaneja de Montenegro

Copyright © 2012 Javier Urbaneja de Montenegro/Francisco González Bretones Fotografía de cubierta: © Fotolia.es … Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna y por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del autor. Todos los derechos reservados.
ISBN -10: 148007800X ISBN-13: 978-1480078000

AGRADECIMIENTOS
Este libro se ha conseguido publicar gracias al empeño del autor. Para que la historia fuese coherente, se ha empleado más de doce meses en su creación y más de nueve en la debida documentación y/o entrevistas a los verdaderos protagonistas. Por todo ello, quiero agradecer su inestimable ayuda a quienes aceptaron gustosamente ser entrevistados y por encima de todo; a ti lector, por confiar en mí.

Las arreboladas fachadas de las viejas casas de toda Cisjordania, conformaban una peculiar fotografía. Creo que esa tonalidad rojiza que tiene su arquitectura está originada en las incesantes matanzas que han azotado, tiñendo de sangre, a estas tierras desde el principio mismo de nuestros recuerdos. Cristóbal Garméndiz y Maryah, paseaban por las calles de esa Belén que aún recuerda a los tiempos de Nerón. Observaban detenidamente las hipnotizadoras mezquitas, grandes construcciones para el recogimiento y la oración. De pronto, vieron avanzar por la calle principal varios carros blindados con la bandera israelí como insignia. Aplastando literalmente a los vehículos que estaban aparcados a lo largo de toda la avenida, algunos soldados se entretuvieron en destrozar los depósitos de agua que los ciudadanos tenían instalados en los tejados de las viviendas, destruyeron gratuitamente los ventanales de algunas casas o disparaban sin miramiento, ética ni razón a cuantos se interponía en su camino. Una señora salió al paso intentando evitar que rompiesen su depósito de agua, única vía para beber y lavarse, siendo salvajemente acribillada.

Maryah no pudo ahogar el grito que, horrorizada, llegó a oídos de los soldados que se acercaron a la pareja con fusil en mano. Cristóbal no daba crédito a esa escena, solo vista en manidas películas. Uno de los soldados le gritó a Maryah en hebreo y le preguntó por qué paseaba con un señor occidental. Ella, entre lágrimas y tics nerviosos, les contestó que iban a casarse en breve y añadió que ella poseía doble nacionalidad. Sacó del bolso los papeles que certificaban dicha notificación. Comprobaron la veracidad de sus palabras y les devolvieron los documentos.

– Está bien señorita –decía uno de los superiores del comando–, pueden marcharse a su casa. Y les daré un consejo; no salgan en los próximos días si no quiere acabar como esa señora.

Todo aquel tropel de violencia fue el comienzo de una auténtica barbarie impuesta por los líderes israelíes llamada Operación Muro Defensivo. El veintinueve de marzo del año dos mil dos; tres divisiones blindadas con más de treinta mil hombres se esparcían por Cisjordania cercando y ocupando Ramalá, Betania, Belén, Jericó, Nablús, Kalkilya y Tul Karen. La vida allí fue bastante dura en esos treinta y cuatro días que se mantuvo el asedio, debido a la escasez de servicios sanitarios, falta de agua, mantas y el racionamiento de alimentos. Un infierno al que todavía hoy no le se ha encontrado solución.

La historia que os comenzaré a narrar a continuación, trata sobre el inquebrantable amor entre Cristóbal y Maryah. Ellos, que sobrevivieron durante aquellos treinta y cuatro días de asedio, supieron mantener su amor por encima de todas las desgracias que ocurrían a su alrededor. A mis oídos llegó esa historia igual que lo hacen las leyendas. Alguien se la contó a alguien que se la contó a alguien que me la contó a mí. Pero es tan cierta como que yo existo. Y aunque he estado tentado de envolverla en brillante papel de celofán para presentarla, he de ser justo y decir que nada en ella es inventado. Esta historia está basada en aquellos acontecimientos y en la inefable odisea que tuvieron que sufrir, unidos por un amor más fuerte que la propia vida o la propia muerte, en aquellas tierras de nadie.

“Nadie se conoce lo suficiente como para darlo a conocer a los demás. Puedes dejar que alguien se acerque a tu ventana, y husmee en unos recovecos desconocidos para ti hasta entonces. Será nuestro invitado de honor, y le enseñaremos el resto de la casa, pero seguro que habrá rincones desconocidos para nosotros que serán descubiertos, a veces, incluso en contra de nuestra propia voluntad.”

Javier Urbaneja de Montenegro.

Capítulo I "El nacimiento de un nuevo amor"

Cristóbal Garméndiz buscaba afanosamente libros o archivos relacionados con uno de los temas que más le apasionaban. Buscaba pautas antropológicas entre distintos pueblos e incluso distintas clases sociales. Entre los elegidos libros también llevaba información sobre las conductas de quienes sufrieron dramáticos episodios en sus vidas en las grandes urbes y disfunciones sociales. Sabía lo quería decir y tenía herramientas más que suficientes para avalar sus palabras, pero le gustaba contrastar información. Un día después de aquella primaveral mañana de mayo, se parapetaría tras un lujoso atril ofreciendo una conferencia como antropólogo sobre la conducta humana. El lema de la oratoria lo tenía mecanografiado en una elegante carta color hueso, con un matasellos de la Delegación de la Mujer de la ciudad de Málaga: «Comportamientos estereotipados, estigmatizados y patologías de la personalidad».

La Biblioteca Nacional era un diáfano local climatizado, adornado con hermosas plantas, murales con las carátulas de los libros más representativos de la literatura española y algunos puestos con terminal informático. Estaba repleto de estrechas estanterías ubicadas en altos muros uniformes. Había un sonido de fondo, quedo, amortiguado como norma popular, y un embaucador efluvio proveniente de los libros más antiguos. A Cristóbal siempre le atrajo el olor de los libros. Cada vez que se acercaba a una de esas estanterías, casi pegaba la nariz a ellos y practicaba una profunda inspiración para que ese olor lo transportase a un evocador mundo perfecto construido tan solo con letras y magia.

Encontrado todo lo necesario, se retiró para volver a refugiarse en un privilegiado y solitario cubículo que la biblioteca le había facilitado. Allí estudiaba con detenimiento y casi con exacerbada minuciosidad, los posibles giros que podría tomar su conferencia. Cristóbal Garméndiz siempre fue un fascinado por los detalles. Él decía que cualquier detalle, por nimio que pudiera parecer, tenía su importancia. Con los libros escogidos, hizo una pila entre sus brazos y se dirigió a las escaleras centrales para acceder a la planta baja donde se ubicaba su zona de estudio. Tan fascinado estaba con el estimado material, que no se percató de que una chica subía al mismo tiempo que él bajaba y además en su misma perpendicular. Ambos tropezaron, provocando que los libros que portaba se desparramaran por el suelo.

– ¡Oh!, Perdone. Estaba entretenida y no he visto…–dijo la hermosa mujer de tez morena con un fluido español con acento.
– No se preocupe. Fue culpa mía –respondió Garméndiz mientras recogía los libros esparcidos por las escaleras.
– ¡Parece que está usted muy interesado en mi tierra!
– ¿Cómo dice?
– Veo entre sus libros algunos sobre las costumbres del Oriente Próximo.
– ¡Ah!, sí, sí. Es que… tengo bastante interés sobre aquel lugar. Digamos que es deformación profesional –Cristóbal seguía siendo aún tan tímido como en la universidad–. Perdona, ¿dice que es usted de allí?
– Sí, de Jerusalén.
– ¡Vaya! ¡Tiene usted un valor incalculable para mí!
– ¡Muchas gracias por el cumplido hombre!, pero yo creo que tengo que decir algo al respecto ¿no cree? –contestó ella en tono sardónico.
– ¡Oh!, Perdone mi torpeza, pero…quiero decir que usted me podría ayudar mucho. El próximo mes tengo una conferencia sobre Oriente Próximo y todo el material que reúna me es de gran ayuda. ¿No le importaría tomar un café conmigo? Me interesaría, si usted no tiene inconveniente, que me contase cosas de allí. Cualquier cosa, todo es importante. Nadie como usted para ilustrarme sobre aquellas tierras.
– ¿Está usted intentando ligar conmigo?
– ¡Ah no! Le aseguro que no. Simplemente busco información sobre aquella zona. Información de primera mano. Sería valiosísimo para mí. Soy profesor, si lo desea, en gratitud a su colaboración, yo podría enseñarle a escribir correctamente nuestro idioma.
– Pero, yo ya estudio español en una academia.
– Pero seguramente que en esa academia no hay tan buenos profesores como yo.
– De acuerdo, está bien –dijo tras pensarlo unos segundos–. Tomaré ese café, pero solo porque se trata de ayudarle. No deseo que haya lugar a confusiones –contestó ella con una leve sonrisa.
– No se preocupe por eso. Le garantizo que solo será una reunión profesional.

Cierto era que el repentino interés de Cristóbal hacia aquella muchacha era estrictamente profesional, pero sería de hipócritas no confesar, aunque fuese a uno mismo, que aquella mujer de veintinueve años era increíblemente hermosa. De frente despejada y undosos cabellos negros, piel morena y grandes ojos de caramelo. Tenía unos carnosos labios con una pigmentación rosada que los definía sin necesidad de pintura alguna. De estilizada figura, mirada sincera y embriagadora forma de mujer. Toda aquella espectacular belleza le hizo creer de nuevo en los cuentos de Las mil y una noches. Allí, apoyada en la ventanilla de aquella taberna de olores y sabores, al cobijo del efímero anonimato de un trasluz a destellos; estaba Maryah, explicándole a nuestro singular personaje cosas de su ciudad. Le hablaba de las curiosidades que ocurrían en el muro de las lamentaciones, del santo Sepulcro, de las enraizadas costumbres jujeo-cristianas que cohabitaban junto con más de doscientos setenta mil árabes, o de los eternos conflictos entre unos y otros. Garméndiz se encontraba viajando por dos parajes simultáneamente; el geográfico, perdiéndose entre árabes y judíos, y el físico, perdido entre los hipnotizadores ojos de aquella mujer. Vivía en una eterna vigilia entre sus labios y aquellos faros del color del café con leche. Solo cuando ella requería su atención a través de un ¿qué le parece? volvía de nuevo al mundo real. A un mundo ajeno a él en aquellos momentos. Una hora había transcurrido en aquella cafetería escuchando sus explicaciones y admirando su exótica belleza. Una segunda cita le pidió para saber más sobre sus labios, su cuello, sus turgentes pechos; seductores y firmes. ¡Bueno! realmente le propuso volver a verla para exprimirle más detalles sobre Palestina, pero en su mente y en su corazón se cocían ambas cosas a la vez, aún sin ser plenamente consciente.

Cristóbal Garméndiz, con sus cuarenta y dos años, le gustaba cuidarse. Muchas veces se sonreía durante unos segundos; en gratitud por la benévola imagen de sí mismo que veía reflejada en el espejo. Alto y recio, pelo relativamente largo y acaracolado, espesas cejas, moreno. Pero lo que más apreciaba de su físico eran las manos; grandes, fuertes, velludas y cuidadas. Llevaba perilla, bigote y unas estéticas gafas que potenciaba más aún su imagen de erudito profesor. Cristóbal no creía en Dios. Con una impía personalidad, se inclinaba más hacia la teoría darwinista de la evolución; que en su día le satisfizo plenamente. Al igual que Chales Darwin, se autoproclamaba librepensador y además tenía su propia teoría de la existencia. Era un gran pensador y por añadidura; un hombre de pocas palabras. A su favor jugaba ser una persona equilibrada, justa, sincera y sobre todo enigmática. Recios ingredientes que lograban enmascarar su hermetismo, su incapacidad de expresar los sentimientos, su incipiente hedonismo o sus cada vez mayores excentricidades. Se había hecho un hueco en la Universidad de Málaga e impartía clases a los alumnos de segundo ciclo. Además, a veces cooperaba en infinidad de actos de organizaciones de la más diversa y variopinta índole. Pero sobre todo, lo que le entusiasmaba era investigar los resortes que movían la conducta humana.

Llegó a su apartamento y dejando su abrigo en la percha de la entrada, se sentó en el sofá. Conectó el televisor y puso un canal donde no se emitiera nada. Tan solo esas hormigas blanquinegras que se movían incansablemente por la pantalla. Con el volumen en completo silencio, le ayudaba a pensar. Sacó su paquete de Marlboro, extrajo un cigarrillo y lo encendió. Su privilegiada lógica comenzó a funcionar tan rápido que realmente parecía que aquella analógica emisión de un canal inexistente, provocaba la sintonización de sus neuronas. Recopilando toda la información que aquella hermosa mujer árabe le había dado en la cafetería y ordenándolas mentalmente, se dedicó a recogerlos en una ordenada libreta donde dejaba impresa todas sus investigaciones. Una vez terminado de escribir cada palabra que recordaba de forma fotográfica, se levantó y se dirigió a la cocina. Abrió el frigorífico y extrajo unos tomates, unas lechugas, maíz y un poco de arroz que le había sobrado del día anterior. Se preparó toda una fuente de ensalada y volvió al sofá. Ahora sí, cambió de canal y sintonizó una emisora de noticias.

Habían quedado nuevamente en verse en la cafetería. Llevaban tres días hablando de Jerusalén. Cristóbal estaba cada vez más entusiasmado con aquellas reuniones en torno al codiciado y revitalizador líquido negro cargado de cafeína y aquella mujer que lo abstraía sobremanera. Tanto era así que se había llevado, por primera vez en su vida, más de treinta minutos en elegir la ropa que llevaría. Ni el traje negro ni el gris marengo ni el azul marino los veía adecuados para la ocasión. Había mirado ropa de sport pero tampoco le sedujo lo suficiente. Finalmente, optó por unos pantalones de pinza color arena y un polo Lacoste blanco. Impregnó de fragancia masculina las mejillas y las muñecas y salió del apartamento en busca de su vehículo. Cuando entró en la cafetería, Cristóbal, observó sorprendido, que Maryah no había llegado. Miró el reloj para cerciorarse de que era la hora correcta. Lo era. Se sentó y pidió una copa de orujo. Lo habían invitado a almorzar y acostumbraba a pedir lo mismo que su comensal, costumbre que lo instó a comer excesivamente. El licor de yerbas era un perfecto digestivo. Maryah lo sorprendió cuando estaba absorto en las tonalidades del líquido verdoso en conjunción con la transparencia de los cubitos de hielo.

– ¿Estás analizando la ley de Arquímedes?
– ¡Ah!, ¡oh!, Perdona. Simplemente estaba concentrado. ¿Un café?
– No gracias, hoy le acompañaré tomando algo más fuerte.
– Bien. Bueno… ¿ha habido algún incidente que la motive a beber?
– ¿Y a usted?
– Una mala indigestión probablemente –contestó Cristóbal sonriendo.
– En mi caso es un profesor insolente.

La miró preocupado, pensó que lo decía por él.

– No, no se preocupe. He tenido un mal día y una mala clase de español.
– Bien. Sigue en pie lo de ofrecerme como profesor de español. Que conste.
– Le doy las gracias, señor Garméndiz. Pero no quisiera molestarle. De todas formas, lo que necesito es la certificación del curso y eso me temo que usted no puede dármela.
– Está usted en lo cierto. Hasta ahí no puedo llegar. Lo lamento.
– No se preocupe, de todas formas ya estoy terminando el curso.
– ¿Para qué quiere usted una certificación, con lo bien que se expresa? –preguntó en un claro interés por saber más cosas sobre ella.
– Estudié turismo y ahora lo que necesito es saber cuántas más lenguas mejor. Con sus correspondientes certificaciones, claro.
– Entiendo. Sus padres y su novio tienen que estar muy orgullosos de usted. ¿Verdad?
– Mi padre falleció hace algún tiempo, mi madre sí que lo está y con respecto a mi novio; es una pregunta muy manida para averiguar si una bella dama está o no disponible. ¿No cree?
Garméndiz se atoró con el orujo y su rostro se tornó carmesí. Tosió varias veces y retomó la conversación en cuanto pudo.
– Siento haberla molestado. No era mi intención.
– No se preocupe señor Garméndiz, ya estoy acostumbrada. Y un poco harta, la verdad, de estas incómodas situaciones. He de ser sincera con usted, en estos momentos no tengo ningún deseo de complicarme la vida. Estoy muy centrada en mis estudios y conozco con extrema exactitud cuáles serán mis planes en los próximos diez años, y créame, en esos planes no aparece hombre alguno.
– Celebro que sea una mujer con las ideas tan claras. Al igual que también la felicito por ser inteligente y perspicaz. No la molestaré más con preguntas de primaria.

Estuvieron una hora y media hablando sobre costumbres judeo-árabes y temas varios hasta que después cada uno se fue por su lado. El profesor Garméndiz, habiendo salido de la cafetería y en cuanto supuso que nadie le veía, dejó que el instinto saliera a flote como útil técnica de desplazamiento y comenzó a llamarse estúpido de forma repetitiva y a poner muecas de insatisfacción.

– ¡Estúpido, estúpido, estúpido y estúpido! Te has parecido a un patético crío de diecinueve años.
– ¿Quién es estúpido señor Garméndiz?
– ¡Señorita Maryah! –exhaló paralizado al verla tras él con cara de incrédula divertida.
– Olvidé decirle que mañana no me es posible venir porque tengo asuntos pendientes y… ya sabe.
– No se preocupe, es muy amable por avisarme –dijo rápido y todavía congestionado.

Maryah dio la vuelta y volvió a desaparecer entre vehículos, árboles y gente que paseaban de un lugar a otro. Cristóbal se quedó inmóvil durante un tiempo indeterminado. Ese día había tenido su única oportunidad para intentar algo, y había fracasado horriblemente. Y lo peor de todo es que se había cerrado el camino él solo. Garméndiz siempre fue tímido y excéntrico y por esa razón seguía soltero. Tuvo algunas relaciones, pero debido a su gran problema todas fueron infructuosas. Lo cierto es que Cristóbal era un hombre muy inteligente y no era amigo de frívolas conversaciones. Le aburría tanto los diálogos vacíos, que era él mismo quien se distanciaba de sus parejas. Pero con Maryah era distinto. Ella era coherente y de rápidas reacciones. Divertida sin ser frívola y trascendente en ocasiones. Era misteriosa y todo un torrente de recursos. Era sencillamente perfecta.

Maryah llegó a su casa sin haber dejado de sonreír un solo instante. Aquella cómica reacción en que había sorprendido al profesor le había arreglado el día. Dejó el bolso en la percha de la entrada, se descalzó en el piso que estaba cubierto de alfombras que ella misma había comprado, y se echó en el sofá. Encendió el televisor y aunque estaba a un volumen considerable, no prestó la menor atención a lo que emitían. Recordaba los encuentros con el profesor. Era cierto que no quería compromisos con nadie. Cuando estudiaba Turismo en Ted Aviv se propuso hablar todas las lenguas posibles. Estudió al mismo tiempo que la carrera, y por correspondencia; el inglés, el francés y el italiano. Hablaba de forma fluida el hebreo, el ruso y el alemán, y pronto se sumergiría en el chino. Pero también era verdad que sentía una relativa curiosidad por el señor Garméndiz. No le parecía guapo aunque sí atractivo. Era extremadamente tímido aunque sobradamente inteligente. Ella no soportaba ni a los engreídos ni a los estúpidos. Nuevamente se echó a reír. «Estúpido» tendría una nueva connotación a partir de aquel momento para ella. Maryah había salido con pocos hombres también. Nació en España en el año mil novecientos setenta y tres. A los pocos años su madre se la llevó de vuelta a Jerusalén, donde vivieron hasta que ella cumplió los veinticinco años. Estuvo dos años en Inglaterra y uno y medio en Francia. Se asentó en España para estudiar perfectamente el idioma y tan solo en Francia conoció a un hombre con quien tuvo una romántica historia que acabó en su incompatibilidad con la promiscuidad de los franceses. Pero tenía que confesarse a sí misma que le atraía aquel tímido hombre con reacciones de payaso. Pero eso estaba muy lejos de tener una seria relación con él. Todavía no tenía muy claro si afincarse en España o seguir volando. Tenía un fuerte carácter y un indómito espíritu aventurero, una difícil mezcla para un conservador de cuarenta y dos años.

 

Fin del capítulo primero

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