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Hemeroteca — 09 septiembre 2011

Ayer oficié mi quinta boda. En ella, a su término, algo especial.

Antes; los novios, mayores, cincuenta y muchos, él nunca se había casado, ella, guapa como todas las novias, su segundo matrimonio. Ella trajo sus nietos a su boda, !qué maravilla!, la vida y la ilusión empujando. Muchos asistentes, casi doscientos. Buen ambiente, nervios, mejor humor, ganas de que terminara, se notaba. Y yo, que me va todo esto, cojo a la complicidad por los dedos, y guiños con los novios, nerviosos como todos los novios, y guiños con los asistentes, risas y agrado.

Treinta y cinco minutos, y anillos, y un beso tímido pero largo, y aplausos y vivan los ……Y firmas de novios, ya casi esposos, y de testigos, por cierto, la testigo guapísima, con ojos verdes puestos, y mi firma. Soy el primero que les da la enhorabuena, a él un buen apretón de manos, a ella dos besos en la mejilla, pero largos, con cariño a unos desconocidos absolutos, pero hermanados por las circunstancias, breves e inmensas del momento.

Y entonces, pasa. Claudia, !vaya nombre!, sonoro, suave, líquido, hermoso. Una niña que me llegaba cinco dedos por encima de mis rodillas se acerca. Y me toca la pierna, y me dice “me llamo Claudia, ¿puedo darte un beso?”.  Me sorprende, yo que ya me sorprendo cada vez menos a mi vejez galopante, y me agacho, me agacho mucho, muchísimo. Le pongo la cara y me besa y yo, con la madre observante, a ella y le doy las gracias, “gracias Claudia”.

Regalo; inesperado, inmenso, reconciliante y gratis. ¡Gracias, CLAUDIA!

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ESTUDIO FOTOGRÁFICO EN CAMAS SEVILLA

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