Hemeroteca — 30 marzo 2012

Por Paco Carrascal

Circo, dicen que el Circo ya ha muerto, eso dicen. Yo todavía no lo creo.

Era domingo, 8 de mayo. Comienzan las actuaciones, sale un payaso con tres muñecos de peluche: un león, una jirafa y un elefante de orejas grandes y rosas, a lo Dumbo. Y mientras miro con ojos de adulto, el payaso anda con los tres peluches de abajo a arriba. Los niños se ríen, miran con ojos de niños. Coge la jirafa e intenta que se ponga en pie, se cae. Es solo un muñeco de peluche. Lo intenta con el león y pasa lo mismo; lo intenta con el elefantito y, lo mismo. Animales de trapo que sueñan ser de huesos y sangre, y de nervios y fuerza. Mas solo son de trapo e hilos. Coge los tres muñecos, los niños se ríen y sigo mirando con ojos de adulto. El payaso los abraza y lo vuelve a intentar. El elefantito no consigue ponerse en pie, no puede, sus patas no le responden, la jirafa deja caer su cuello de modo inerte y el león………..el león, de pronto comienza a caminar. Dios, camina. Y camina no como un autómata, no como un juguete, lo hace como algo vivo, con el orgullo del que se siente único.

Mírale, altivo, leonino, formidable. Entonces los niños gritan, extasiados, y yo pongo ojos de niño. Lo consiguió, consiguió transportarnos a la infancia. Un peluche con un perrito dentro y aquí está, aquí la magia. El Circo, lo real desde la más absoluta de las mentiras.

Alguien dijo alguna vez: cuando ya no haya cine, ni ordenadores, ni tan siquiera libros, cuando no haya casi nada para aliviar el alma, seguirá habiendo Circo.

Yo, también lo creo.

(Relato breve escrito por Paco Carrascal a una revista mejicana)

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