Hemeroteca — 10 agosto 2012
Un viaje al pasado. Recuerdos de mi niñez en mi barriada de Coca de la Piñera (Camas)

Por Guillermo Rodriguez Bernal

 

 

Se trata de la recopilación de todos los escritos hechos para el grupo de mi barrio desde que se creó.



Coca de la Piñera I

Amanecía cada mañana con el despertar de la voz de mi madre desde la cocina, que nos decía que una nueva jornada nos esperaba en un nuevo día. Sentado en la mesa pegada a la pared, esperaba paciente a que subiera de la calle. Alfredo, puntualmente, paraba siempre en los mismos sitios, y allí acudían para comprar el pan y algunas magdalenas para el desayuno. A la vez que se desayunaba, en la nueva radio que trajo mi padre de quien sabe donde, se escuchaban los primeros episodios de “La saga de los Porretas”.

 

Era salir de mi calle y en vez de subir tantas escaleras acortábamos por un paso, pegado a la cochera de los Vázquez, y que daba a la parte de arriba de la escalerilla. Siempre en la cabeza las palabras de mi madre que decía que subiera por las escaleras no me fuera a caer por ahí. El recuerdo de ir al patio central del colegio y todos en fila veíamos como subían la bandera. No recuerdo cánticos como otros en su día me decían. Será que se presentía que en unos meses todo cambiaría, como así fue. Vimos en poco tiempo y en todas las aulas dos carteles con dos mensajes en los que rezaban: “Último mensaje de Franco”. “Primer mensaje del Rey”. O algo así. Era el curso 1975 – 1976. Yo estaba en cuarto dela EGB.

 

La señorita Consuelo nos tenía ordenados en las mesas. Según las notas que sacábamos así íbamos dispuestos. Recuerdo en las primeras filas de las primeras mesas a Miguel Angel García, al Galea chico, a Francis…  De las chicas quien despuntaba era Mariola. Yo era corrientito. Rondaba siempre entre los primeros de la segunda fila, aunque una vez recuerdo de haber llegado a estar el último de la primera. Mi amigo Alfonso de Diego y yo sacábamos las mismas notas. Todo el año sentados uno al lado del otro. En el recreo, era tiempo de jugar al látigo o al cielovoy, cuando no, te sacabas del bolsillo el taco de estampas (cromos fueron después) y se formaban corrillo mientras con una habilidad especial, se pasaban unas tras otras y detectábamos rápido aquella que no teníamos.

 

Salir del cole y después de comer aquella parte alta de la escalerilla, era un hervidero de niños jugando. Era normal que hubiese partidillo, de aquellos de porterías con montones de piedra. Los que éramos menos habilidosos con las piernas, nos dedicábamos a la lima. Rápidamente se hacía aquel cuadrado con los siete números y a saltar a cojito lo mejor que podíamos. Eso sí, siempre que se clavara la lima y no se cayera. Entonces la tierra era mas blanda. No era sitio de bolas (canicas fueron después). Las bolas se jugaban mejor en la tierra de la que ahora es Juan Ramón Jiménez. En la parte de arriba, que también era de tierra.

 

La vuelta a casa estaba clara. “Cuando se empiecen a encender las luces, de vuelta a casa”, era el pregón diario de mi madre, antes de la partida de por la tarde.

Coca dela Piñera II

 

Apostado en la puerta de mi casa, en la calle Inés Rosales de Castilleja dela Cuesta, esperaba a Isabel que volviera de unos recados. Iríamos a Airesur a comprar un capricho de mi hija. Mientras esperaba, salía de la óptica de Melchor un tipo de cara y aspectos conocidos. Caminaba como pensando en algo y un poco abstraído. Lo reconocí como a Rafa Moraza, pero no estaba seguro, hacía mucho tiempo que no lo veía, a excepción de su foto en facebook. Por dos veces pasó delante de mí sin que me conociera. Era algo parecido a lo que nos pasaba de pequeños en Coca, aunque Javi Castro me dice que yo siempre fui grande. Los mayores a nosotros, eran reconocidos por nosotros con normalidad, mientras que para ellos pasábamos desapercibidos. Los grupos de amigos por edades era lo normal, y supongo que lo lógico.

 

Un lugar de encuentro común a todos nosotros, en una determinada fase de nuestra vida en Coca, eran los futbolines de “el Chucherías”. Otro punto importante, con menos afluencia por el espacio, era las máquinas (ahora son pin-ball) del bar de Paco y del de Pedro. Mientras que unos jugaban, otros se dedicaban a quitar los puntos de las caseras de litro que tenía debajo de la misma máquina. Por supuesto, cuando había un zarandeo, pararse y mirar por uno de los lados el péndulo que provocaba la falta. Casi a la vez, en el quiosco del “Chucherías” entro esa maquinita de la de hablaba Jesús Ortega hace unos días. Era el comecocos. Fue una novedad importante de la época. Una imagen, que siempre perdurará para mi, era la de Manolo Amado, pasando una fase tras otra con una habilidad increíble. Retorcía el mango de la maquinita, y a la vez se retorcía él, y siempre nos tenía a unos cuantos viendo como jugaba. Esperábamos aquella fase que nadie pasó, para ver como se colocaba aquel laberinto de puntos y fantasmas dando vueltas continuamente. Tan sólo se rompía ese momento cuando se colocaba, en el tablón de corcho, la lista de los convocados para jugar el partido del domingo con el Coca.

 

Ya un pelín mas mayorcitos, utilizábamos la pared de la escalerilla y la placita como frontón improvisado. Se jugaba bien con raqueta o bien con balón de futbol. Este último era el que mas gustaba. La pelota tenía que dar por encima de los agujeros de desagüe de agua de lluvia del muro y tenía que dar como máximo tres botes en el suelo (o eran dos). La suerte, era lo poco frecuente de los coches del momento, que daban libertad a la hora de interrumpir el juego. Otro lugar especial, durante poco tiempo, y no estoy seguro que muchos os acordéis de esto, fue cuando pusieron esas enormes tuberías en el campo de yerba, nuestro estadio de Coca. Fue cuando arreglaron las tuberías generales, de las que tenemos muestra en la parada de Coca con ese cuadrado de cemento que era empalme de dichas tuberías. Medían aproximadamente unos tres metros de diámetros y era toda una aventura conseguir trepar hasta arriba del todo.

Pero yo vuelvo ahora al principio, a los futbolines del chuche. Había dos. Uno pegado al otro, creo que tenemos una foto por ahí. Los mayores se ponían en el que daba a la calle, dejando para los demás el que estaba al fondo. Yo siempre jugaba atrás, cosa que gustaba porque todos querían hacerlo delante. Mis compañeros casi siempre eran Santi Gálvez y José Manuel R. Baños. No éramos fueras de serie, pero nos defendíamos. El precio una peseta, lo recuerdo perfectamente. Una vez ocurrió algo muy especial y que recordaré siempre. Uno de los mayores se quedó mirando como jugábamos. Cuando terminamos se dirigió a mí y me dijo si quería jugar de compañero con él. Cualquiera que me conoce, sabe reconocer en mí a alguien de timidez extrema. Asentí. Y jugamos lo mejor que pudimos. Cuando me marcaban, miraba hacía arriba, como pidiendo perdón, mientras que me decía que no pasaba nada, que sacara y que le diera fuerte. Puedo recordar que me pidió jugar en unas seis o siete ocasiones diferentes. Era mi compañero, jugaba en el futbolín grande y no pagaba. Su nombre, creo recordar, era Guillermo Luna. Encima tocayo. Pienso que nunca más lo volví a ver.

Un mayor se fijo en mí, cuando parecíamos que pasábamos desapercibidos para ellos. Ahora Rafa Moraza comparte amistad conmigo por facebook y tenemos pendiente un café justo al lado del portal de mi casa en Castilleja, aquel por el que lo vi pasar hace unas semanas.

 

Coca dela Piñera III.

 

El terminar de aquel verano, nos traería a muchos de nosotros algo importante en nuestras vidas. Dejábamos el colegio “de la escalerilla”, donde conseguimos ser los reyes del patio, y pasábamos al colegio “de abajo”. Nos empezábamos a hacer mayores y muchos cambios nos esperaban, en los próximos cuatro años, de los que no éramos conscientes. Desde la calle San Sebastián, cogíamos la escalera para bajar a Pio XII, después la rampa para Ben Alkama y por último bajar esa larga calle que nos llevaba al colegio. Confluíamos en nuestro caminar, con el resto de los compañeros, con los que compartíamos clase.

Éramos puntuales. Llegábamos, casi siempre, antes de que abrieran las puertas, lo que propinaba tertulia por grupos en los que se charlaba de todo. Si era lunes, lo principal era las jornadas futboleras del fin de semana, mientras que los más mayores se fumaban un fortuna comprado en el quiosco de la familia Llavero (creo recordar que era de ellos). Cuando no, eran los episodios de las series televisivas del momento. Los primeros episodios de Curro Jiménez, si cuando Sandokán mataba al tigre era un montaje o el salto era real, y las pocas que podíamos disfrutar de la primera cadena de por entonces. Había días que la aglutinación de alumnos y el tiempo de charlas, era mayor del habitual. Coincidía con algún examen importante y algún alumno no demasiado preparado para la prueba, hacía lo posible para que costara trabajo entrar, o ni siquiera empezar la jornada. Desde colarse por alguna ventana abierta por detrás y poner la barra a la puerta por dentro, hasta los típicos palillos en la cerradura, de los que hizo convertir a la señorita Angelita una experta en sacarlas con sus pinzas de depilar.

Salíamos todos a la vez para ir a casa, y era toda una marea de niños subiendo esa primera cuesta hasta que nos empezábamos a desviar cada uno por un lado. Aunque hubo un día en que la salida fue más lenta que la del resto. Llovía a mares y el agua de toda la barriada confluía en el colegio. El colegio anegado y todos los niños en las clases de séptimo y octavo, esperando a que los bomberos nos sacara uno a uno montados a cabrito. También tuvieron que hacer faena extra con alguna madre caída en alguna zanja oculta por el agua.

Las asignaturas también iban cambiando para nosotros, y con ellas las primeras charlas sobre algo de lo que ya empezábamos a oír hablar: Las drogas. Venían de fuera a explicarlos como eran y los efectos que nos provocaba su consumo. Digno de mencionar también, era cuando a la pobre señorita Paquita, le toco dar la clase de educación sexual a los niños de octavo. Fue sólo un día, haciéndose cargo del resto don Luis, por el trabajo que le costaba a la gallega darnos esas clases. Se ponía colorada como un tomate. Pero si había alguna asignatura distinta a otras, eran las clases de pretecnología, que era como aparecían en las notas la asignatura de trabajos manuales. Había de todo, desde las figuras con palillos de la ropa, como los trabajos de marquetería con segueta y panel. Se compraban unos cuadernillos, que nos pasábamos de unos a otros, y que calcábamos sobre el panel. Arriba y abajo con aquellas seguetas, construíamos lámparas, capillas, y hasta la torre Eiffel, llegamos a terminar algunos. Cuando un pelo se rompía, doblábamos aquel artilugio, hasta conseguir aprovechar esa sierrecita que se quedaba a la mitad. Aquel año en octavo me toco la torre gala. Cada evaluación presentaba, para la nota, una parte del monumento, dejando al final la torre terminada. La señorita María José ponía en duda siempre, si esa parte no fue presentada en la evaluación anterior, con toda la razón del mundo. No se me olvidará nunca a Manuel Olivero presentando la mecedora de palillos de la ropa. Esa si que era siempre la misma, ya que no se molestaba ni en quitarle el polvo al trabajo de año anterior. Aburrido me encontraba yo ese día y con el dedo la hacía balancear. Que mala suerte que al darle demasiada fuerte, la mecedora se fue al suelo haciéndose pedazos. Cara de descompuesto el de la calle doctor Fleming y pregunta obvia de “¿Qué presento yo la próxima evaluación?”.

Mi gran compañero de clase de aquellos años fue Miguel Ángel Valencia. Buena persona y buen amigo. Hoy, gracias a este grupo, su hermano José Antonio a contactado conmigo, y su recuerdo me a echo escribir esto que con mucho cariño le dedico.

 

Coca dela Piñera IV.

Venía esta tarde en un atasco de viernes saliendo de trabajar. Al estarla SE30 atascada, y después de soportar el 5º centenario, tiré por el Manchón para salir ala Pañoleta.Normalmente, cojo la autopista que me lleva a Castilleja, pero esa atracción hacia mi barriada, que sufro últimamente al leer a mis vecinos, me hizo subir por nuestra cuesta del caracol. La zarza de nuestro estadio de fútbol ha taponado por completo la salida que teníamos por los colegios. Al verla me hizo recordar aquellos límites, que teníamos de niño dentro de Coca.

Sentados en el olivar, el de la calle San Sebastián que da a la autovía, nos entreteníamos Santi, José Manuel y yo, en contar los coches que pasaban para Huelva. Unos elegíamos los seitas blancos y los otros el resto de coches. En su día, ganaban siempre los que elegíamos aquellos cascarones blancos por la cantidad que había de ellos. Aquel lugar era nuestra primera frontera con el resto del mundo y la calle nuestra casa. Los que eran mayores que nosotros, empezaban a motorizarse y a salir del barrio. Siempre recordaré a Vallejo, subir con su Puch Condor, la calle San Fernando, camino de Tomares. Esa era una de las primeras salidas de Coca. El miedo a cruzar ese puente, a través de aquel olivar que daba a Tomares, con los temidos Tomarejos por allí rondando. Era llegar al árbol de Tarzán, o con las bicis, hacer cross con los primeros montones de tierra de los cimientos de los pisos de Santa Eufemia. Cualquiera encuentra tierra ahora en Santa Eufemia.

Otra salida, era cruzar el túnel de la autovía a la altura de los colegios. Era larguísimo, oscuro y lleno de arañas por el techo, al menos así lo veía. Nuestro fin era ir a Marel, para coger las sobras de los paneles que tiraban, para nuestros trabajos de pretecnología en el colegio, los trabajos manuales de los que ya hablé una vez. Otras veces era con el fin de coger palodú. Decían, otros que lo hicieron antes, que cercano al arroyuelillo que cruzaba aquella parte había mucho. Recuerdo el color que tenían que tener las hojas y allí nos mareábamos buscando tan preciada golosina, con el éxito de obtenerla a la vuelta, comprándosela a Concha en el puesto. Nunca encontramos una matita, aunque fuera un hilito de raíz. Cualquiera encuentra palodú ahora. Eso es más difícil que lo de antes.

El acceso al campo de yerba, como le decíamos nosotros, para los que vivíamos en San Sebastian nos era más fácil tirando por detrás de la casa del peón caminero, la casa de Blasito. Por ese otro olivar, que tenía un caminito de tierra que daba a la carretera. Nuestro fin era ir a entrenar con el Coca, aunque últimamente me dedicaba más a mirar, o a jugar en la jungla. Recuerdo un corte en mi mano con una caña, no haber nadie en casa y curarme María, mi vecina de enfrente y madre de Marisol. Por aquel lado, íbamos también hacia esa casa tan enorme que había en ruinas cerca del Carambolo.

A medida que pasaba el tiempo, íbamos creciendo y abriéndonos un poco más al mundo, llegábamos a ir incluso al Carambolo, con aquellas fiestas que organizaban en su sede social. Recuerdo la muerte de Lennon, por aquellos entonces y como no paraban de poner “Woman”, “Jealous Guy” y “(Just like) Starting Over”. Poco después vino el instituto y se rompieron todas nuestras fronteras al conocer y encontrar amistad con chavales de Castilleja, Gines, Camas, Santiponce, Guillena, Gerena y hasta del mismo Tomares.

Coca dela Piñera V.

 

Creo que ha sido un placer para todo el mundo, ver este homenaje brindado a nuestro Juanito de la farmacia. No voy a escribir nada, porque sería redundar en todo lo que todos, con vuestro cariño, ya le habéis expresado con vuestros sentimientos hacia él. No tiene el mayor sentido volver otra vez a repetir lo mismo y quizás peor expresado. Con todo esto, vengo a referirme a otros servicios que siempre tuvimos en nuestra barriada de atención 365 días al año. Nuestras grandes tiendas, como es de recibo cerraban a determinadas horas, para continuar con su labor sin descanso el resto del año. Pero que podemos decir de esos quioscos repartidos por todas las calles de nuestro barrio. Casas particulares, convertidas en negocio a las que se acudía como cuando nos hacía falta unas papas y un poco de aceite de nuestros vecinos de al lado.

 

Siempre viví en la calle San Sebastián, y para empezar, seguro que nuestro Armando, Juanma o Marisol lo conocerán mejor que yo, teníamos un quiosco justo en la calle de arriba, en Doctor Fleming. Recuerdo de niño, que era la última casa de la calle. Subías por una rampa y una señora con su mesa camilla, tenía todas las chucherías habidas y por haber, o quizás, las pocas con las que nos conformábamos, a la entrada de su casa. De Concha, ni hablamos, porque también se ha hablado mucho de ella en este foro. Ese quiosco lo conozco siempre abierto, con ella dentro, como si viviera allí. Nunca estaba cerrado y atendiendo con su seriedad perpetua, pero con el brillo de unos ojos que nos vio crecer a todos y a cada uno de nosotros. Y por un duro, “Concha, un paquete de pipas salás y tres papeletas”, que nos encargábamos de abrir allí mismo a ver si tocaba algo.

 

Fuimos haciéndonos mayores y en Párroco Fernández apareció la ventana siempre abierta de Mari Pepa y su marido. Fueron muchos los años que compramos allí. Mientras que ahora somos mandaderos de nuestros hijos, en su día lo fuimos de nuestros padres, y fueron innumerables las veces que nos mandaban a Mari Pepa a comprar los celtas emboquillaos o los paquetes de ducados. Que atención tan especial la que nos propinaban. También crecimos con ellos, y fuimos a comprarle desde los sugus siendo niños, hasta las litronas que nos abría para tomárnoslas en el puente de Tomares.

 

Otros puestos fueron los de Petri, en mi misma calle, y abajo en la calle Alfonso el Sabio, el que estaba al lado de nuestro colegio y el situado un poco mas adentro, en la acera de enfrente. Como quioscos fijos el de la escalerilla con los padres de Flori y el de la parada, perdiendo un poco ese aspecto de negocio dentro de nuestra propia casa pero atendido con la misma familiaridad en todo momento.

 

Que más podemos decir. Pues ese polvero al principio de la calle Ben Alkama y la de bolsitas de cemento, arena, cal, y lo que hiciera falta, para coger los esconchaos de las paredes. También teníamos el tema de los vinos. En Pio XII teníamos a la vinatera, hace poco salía en una foto confundiéndola con la niña dela Puebla, de la familia Escamilla, creo recordar, y en mi calle a los titos, que pasabamosa su salón donde nos despachaba con sus botellas de vino blanco o tinto de Ayuso o Sabín, y que siempre como mandaeros íbamos a recoger. Que gentileza a de esas tres personas siempre allí.

 

Y si no el reparto a domicilio, no de comidas y bebidas a las que nos tenía acostumbrado, Pepe el chucherías con los periódicos el domingo, o Carlos el de las caseras con su estridente pito en la furgoneta, Alfredo el panadero, como cada mañana y tarde, Joaquín el ciego y Carlos el de las papeletas,(toda la vida jugando mi madre al 774 y en cerca de 20 años le tocó solo una vez), y ahora Luis.

 

Supongo que el número sería mayor. Tan sólo he arrancado con los que tenía cerca de mi vida y a los que solía acudir. Sirva este post para que el resto ayuden a recordar esos otros lugares, esas otras gentes, esos otros vecinos, dedicados a nosotros para hacer de Coca el barrio independiente que nunca necesitó del resto para tirar pa’lante.

 

Coca dela Piñera VI.

 

Soy un niño. No llegaré a los diez, aunque a lo largo de estas letras, iré pasando a los ocho, a los quince, a los veinte y volveré a los diez, dependiendo de quien me vaya encontrando. Bajo los escalones de mi casa en la calle San Sebastián. Es un día verano, como el de hoy. Amparo, Amparito, está en la calle y me da un abrazo. Siempre me dice cosas bonitas, me quiere mucho. Marisol está en la puerta, apoyada sobre el quicio, y sonríe mientras fuma un cigarrillo. Los niños ya están en la calle. José Manuel, Paco, Rafa, Tere, Santi, Mari Gracia, Ramón, Ricardo “el catalán”, Juanda,la Chariniy María José. Quisco y Juani Prada, todavía está con ellos, pero algo me dice que se irán de la calle de aquí a nada. Están planeando que jugar hoy, pero yo prefiero caminar por la barriada.

Bajo por las escaleras a Pío XII y veo a Pepe Bernal recibiendo y abriéndole la puerta a su hijo. Lourdes vive en la esquina y me saluda con esa sonrisa suya. De espaldas veo a Joaquín Escamilla, Pablo Caballero y Martín, como se van para casa, mientras Pepe Caballero mira a los tres niños como se despiden. Paso a Ben Alkama por el pasaje en rampa que une las dos calles. José Luis Méndez va vestido como portero del Coca, cierra la cancela de su casa y se va a entrenar. Igualmente veo a Javi y a Jesús Castro, que van a lo mismo. Paso desapercibido, apenas me conocen. Giro a la izquierda. Otro grupo de niños juegan en la calle, su calle. Entre ellas destaca, como destaco entre mis amigos por larguirucho, Encarni Lobo. Cuando llego al cruce me encuentro con Juan Carlos Sánchez y Carlos Caro. Tienen una alcantarilla abierta y juegan a los tanques metidos dentro de ella. De vuelta de su faena, Joaquín “el ciego” acompañado de uno de sus nietos y Pepe “el chucherías” vocifera a los vecinos para que compren el periódico. Va cargado de ellos y se recorrerá toda la barriada haciendo reír a la gente con la que se cruza.

Subo corriendo las escaleras y rápidamente empiezo a escuchar los sonidos de los dos futbolines del quiosco. Siempre hay gente jugando o mirando. Tiro para la plaza. Antes de llegar tres veteranos con sus paseos: Eleuterio, Manolito Baños y Álvarez. Levanto la mano de lejos, saludo al abuelo de José Manuel y Paco, y me devuelven el saludo. En la plaza, varios niños juegan una defensiva. Son los bancos los que sirven de portería, mientras que sólo, en un banco, comiendo pipas, se encuentra Migue, el hijo de Fernando de la panadería, que está deseando ser mayor para poder jugar también. En otro banco, Elena y Noelia Bermúdez hablan de sus cosas. En otros tiempos, Paco el del bar, junto con Antonio, estarían colocando las mesas y las sillas sobre la tierra de la plaza, para cuando vinieran los vecinos a disfrutar de sus tapas. Mientras Paco Tovar, mira la labor, sentado en el mostrador del bar y Angeles Tovar mira para arriba viéndolo allí tan alto. Tirando para la parada Manolito Polo baja los escalones de la calle Comercio, Jesuli está sentado dentro de esos rombos colocados a ambos lados de los arcos que dan a nuestro mercado de abastos particular, y su hermano Javier, sentado en el poyete de su casa, miraba una revista de motos con mucho interés. Antes de llegar a la parada, Enrique preparando su taxi, y dejándolo reluciente. Siempre me pregunta por mis padres y mi hermana. Al llegar, en aquellos bancos de madera y el tejadillo, con que nos obsequiaron a la barriada un grupo de vecinos que se autodenominaron “El Pozo de los Chiflados” (buena información de última hora), un señor me saluda de lejos. “Adiós, paisano”, a lo que le contesto con lo mismo “Adiós, paisano”. Nunca supe como se llamaba. Era “El paisano”. Esperando el autobús a Sevilla, Rafa Moraza. También paso inadvertido para él. Viniendo andando de Castilleja, venía “El Palio”. A ver en que lío se metería ahora con los coqueros. Comienzo a subir la cuesta de Tierno Galván y a unos metros, otro Enrique acompaña a un señor. Vive en la misma esquina, al final de la primera cuesta a la derecha. Hablaba con el hombre de la cantidad de pájaros que tenía ya en una pajarera que había construido. Era enorme, muy alta y recuerdo entrar con mi padre a dejarle algún lugano u otro pajarillo para que formara parte de la magnífica colección del que estaba orgulloso.

Sigo hacia la escalerilla y me encuentro con Juanjo el alemán. Tenía un bate de béisbol e instauró durante un tiempo el deporte arriba de la escalerilla. Cuando llegué, Juanje y José Antonio Carvajal bajaban con sus monopatines Sanchesky, aquellos de color naranja, por la cuesta abajo a toda velocidad. Desde su terraza Jorge Caracuel movía la cabeza como diciendo que sus vecinos estaban locos perdidos (mi grato recuerdo para él). Llega el momento de agacharse, coger una ramita y tirársela a “Turco”, el pastor alemán de los Terán. Le tirabas lo que fuera y te lo traía. A todos los niños nos gustaba ese perro.

Bajo la escalerilla y vuelvo a mi calle. Un poco antes los perros de los Mediavilla siempre te asustaban con la entrada que tenían por San Fernando a su casa. En mi calle, Don Pío y Bienvenida charlaban. Manolo Amado jugaba a la pelota con su hermano pequeño. “Ojala sea zurdo, mejor, así tendrá mas oportunidades de jugar cuando sea mayor”. Mas adelante, sentado en su puerta, estaba Francisquito, creo que se llamaba así el abuelo enjuto que siempre nos llamaba bichinos cuando pasábamos a su lado. Carlos “el de las papeletas” también se recogía. De vuelta en mi trozo de calle, todos seguían jugando, pero la sombra en mitad de la acera, que reflejaba las tejas el sol de mediodía, decían que era la hora de ir a comer y volver a casa.

Coca dela PiñeraVII.

 

El padre de mi amigo José Manuel, Pepe, vivía en Castilleja antes de casarse y venirse a Coca. Entre sus amistades en nuestro pueblo vecino, tenía una familia que venía muy a menudo de visita a su casa. El hijo de esta familia, casualmente también se llamaba José Manuel, hizo buenas migas con nosotros, con esa facilidad que sólo tienen los chiquillos para congeniar rápidamente. Sería sobre el año ’81 o el ‘82, lo recuerdo porque ya íbamos a Camas al instituto, nos invitó un día a jugar al tenis. Solían pedir permiso a las monjas del convento y teníamos las canchas para nosotros. Fuimos un par de veces a jugar y fue, en esta segunda vez, cuando nos dijeron que la próxima vez se traerían una pelota de baloncesto y jugaríamos allí mismo en lugar de hacerlo al tenis.

 

Con el tiempo, nos hicimos asiduos a las visitas a las canchas de baloncesto de las madres irlandesas, hasta empezar a entusiasmarnos con este juego deportivo tan poco disfrutado en nuestra barriada por falta de medios. Fue entonces cuando varios muchachos, conocidos de la barriada, por amigos o del instituto, formamos un equipo con la plantilla justa. Éramos José Manuel, Ricardo, Antonio Muñoz, Antonio Molina y yo. Bastante a menudo, se nos unía José Antonio Carvajal. Todos de Coca. Tanto Ricardo como Antonio Molina habían tenido antes experiencia en el juego. El resto nada, pero nos acoplamos perfectamente asimilando cada uno el puesto en el que le tocaba jugar.

 

El hecho de estar en el instituto, facilitó el conocer a gente que también jugaban al baloncesto en sus pueblos. Fueron los de Gines, los que propiciaron el acercamiento al juego contra otro equipo y los que hicieron que perfeccionáramos, en la medida de no haber tenido nunca un entrenador, nuestra técnica y forma de jugar. Pronto, empezamos a jugar asiduamente, no sólo en Gines, sino en Tomares y en Camas. Fue en el curso ’83-’84, cuando jugamos nuestro primer campeonato en el Instituto. Había que buscar un nombre. Por entonces, un jugador italiano llamado Dino Meneghin jugaba en el “Banco di Roma”. Ya teníamos nombre “Banco di Coca”. La verdad es que no se nos dio demasiado bien, pero a raíz de entonces, empezamos a conocer más equipos y a jugar en bastantes sitios. A Gines, Tomares y Camas, se unían Santiponce, Colina Blanca (allí daba gusto porque después había piscina), Mairena del Aljarafe, Castilleja, Dos Hermanas, Olivares y varios de Sevilla capital. Nos hicimos muy conocidos y depuramos mucho la técnica al estar todo el día pensando en el básquet.

 

Por esa época, nos llamaron de Coca para que entrenáramos y enseñáramos a niños de la barriada. Nos gustó la idea, mas que nada porque así colocarían canastas en nuestra barriada y no tendríamos que ir a Castilleja, Tomares ola Pañoleta, para poder jugar. Entrenamos a los chavales un día, sin canastas y sin nada. Dijimos que la próxima vez tenían que haber al menos canastas porque si no era imposible. Todo quedó en eso. Al poco tiempo la colocaron, pero no nos dijeron nada más.

 

De buenas a primeras, nos vuelven a llamar, diciendo que se organiza un campeonato en el colegio y si podíamos hacer de árbitros. El equipo de Coca llegó a la final y, haciendo un poco de trampa, nos pusieron a José Manuel y a mí a jugar la final. Fue muy difícil, porque el equipo con el que se jugo, se notaba que estaba bien entrenado, pero se ganó. Creo que fue el primer y único campeonato que se jugó en nuestra barriada. Nosotros contentos porque ya teníamos canastas en Coca.

 

Estábamos en C.O.U., nuevo campeonato en el instituto en el que también se presentó el Banco di Coca. Esta vez mucho mas preparado que aquella primera vez y, como se suele decir, con bastantes tiros dados ya. Nuestro equipo éramos cuatro, porque Antonio Molina estaba en la universidad. Teníamos a un chaval de Santiponce que jugaba muy bien, pero el resto del equipo eran amigos que apenas habían jugado nunca. Llegamos a la final. Las gradas del instituto y los alrededores como nunca los vi de gente. El equipo contrario, era un conjunto del equipo del Trastamara, “Novias Ciras” y el equipo federado de Camas. Se cambiaban continuamente y siempre estaban frescos. Mantuvimos el partido mientras estábamos frescos los cinco de siempre. Llegamos a estar hasta de ocho puntos por encima. El esfuerzo nos hizo mella y perdimos la final que con tanta ilusión jugamos, contra aquel equipo tan potente. Medalla de plata.

 

A partir de entonces, ya éramos conocidos como el equipo de Coca y gozamos del respeto de muchos jugadores que al principio nos veían como aprendices del juego. Lastima que en Coca, muy poca gente supo de nosotros. Por último decir, que Luis Miguel Marmol nos llegó a intentar apuntar al llamado “Torneo de Primavera”, o algo así, pero todo quedó en nada. Luego llegó el momento en que unos hacíamos la mili, otros empezaban a trabajar y otros la universidad. Estuvimos jugando algunos años más. Yo tuve el accidente de moto y creo que llego el parón definitivo. Todavía, cuando me veo con José Manuel, recordamos aquellos tiempos y lo que llegamos ha hacer unos amigos de Coca. Por supuesto, algunas veces, cogemos la pelota y nos vamos los dos a hacer unas canastas.

 

Dedicado a José Antonio Montes que me pidió que lo colgara por aquí, por el recuerdo que él llegó a tener de “El Banco de Coca”.

 

Coca dela PiñeraVIII.

 

Como los últimos brochazos que se le dan a un cuadro terminado, se me vienen a la memoria pinceladas de lo que fue mi niñez y juventud en Coca. Pequeños detalles que no montan una historia completa, pero que juntos forma parte de lo vivido en nuestra barriada.

Recuerdos de colores rojo y anaranjado, de las colas de los zapateros posados en las margaritas del olivar. Muchas tardes detrás de ellos, para cazarlos, mostrarlos como un trofeo y volverlos a soltar.

Recuerdos de sacar la bolsa de la basura a la puerta. De cómo pasaba el camión por un hombre por cada lado, recogiendo con sus guantes las bolsas y, con una agilidad magistral, atinar en la parte de arriba. Con lo alto que estaba. A su vez, como amablemente daban las buenas noches a los vecinos sentados en la puerta, intentando aprovechar el frescor de la noche de algún día de verano.

Recuerdos de los juegos de la calle, de las caídas, de las pedradas, de los siete en los pantalones, de ir quitándose las postillas de las rodillas y los codos poco a poco, de los yesos de los brazos rotos, de las picaduras de las avispas, de los calambrazos por tocar algún cable pelao de casa. ¿Como puede ser que mi hija con once años ni le haya picado una avispa, ni recibido esas descargas que hacían templar todo el cuerpo?

Recuerdos del lechero, que traía el cántaro todas las mañanas, de hervir la leche apagando el fuego antes que rebozara, del afilaor y su flautilla, del de los cupones, el de las papeletas, el del Ocaso, de las reuniones de cacharros en casa de algún vecino, del que venía del circulo de lectores, de cuando traían una virgen en una caja de madera y se quedaba en casa una semana, del que venía pidiendo limosna, de la familia de Sevilla cuando venía de visita, de la visita de los vecinos cuando estabas malo, de cuando pillabas el sarampión y la varicela a la vez que todos los niños de la calle.

Recuerdos de ir a coger caracoles y aceitunas a Tomares, de traer yerba para los animales que teníamos en casa, de un árbol en cada terraza, de un perro en cada puerta, de un abuelo dando su vuelta con boina y bastón.

Recuerdos de las obras en casa, de los montones de arena en la calle, del albañil haciendo la mezcla sin hormigonera, de las horas perdidas viendo como subían un tabique, de cómo lo enfoscaban después, de echar cal al agua para que hirviera, de encalar las paredes del patio.

Recuerdos de las fiestas en la cochera del Viña, de cuando tocaban una lenta y no te atrevías a sacar a bailar por la vergüenza, de los primeros cubatas de Rives con Cocacola, de las fiestas en la cochera de Paco Tovar, de las canciones que ponía de los Beatles, de esa primera vez que intentabas entrar en el pub del Cacha, lugar de personas más mayores, de la impresión que te daba una vez estabas dentro.

Recuerdos de echar aire al cisco para que prendiera el brasero, de ventear con un palo el relleno de las almohadas, de baldear con el agua del pozo para aliviar la flama que provocaba el sol dando todo el día sobre el cemento, de las duchas en el patio, de dormir en la azotea viendo las estrellas y de cómo el haz de luz de la linterna parecía perderse en el cielo.

Recuerdos de las duchas de los sábados, de vestirse de bonito los domingos para ir a misa, de pasar la noche en la plaza en el bar de Paco y, alguna vez, ir a ver los cohetes a Castilleja.

Recuerdos de los que se fueron y alguna vez los ves por ahí, los que se fueron y nunca mas supiste de ellos, de los que se fueron para siempre guardando su cara con una sonrisa.

Recuerdos de niños y no tan niños que guardamos en nuestra memoria y que rara vez se viven en el nuevo cuadro que pintamos en nuestra madurez. Esperemos dar los últimos brochazos dentro de mucho tiempo y que nos salga lo mejor posible.

Coca dela Piñera IX.

 

Como escribí hace unos meses, hoy vuelvo a ser el niño de unos doce años callado y observador. Decido volver a dar un paseo por mi barriada y coincido con mi padre a la salida de casa. Es por la tarde y el verano no está siendo demasiado caluroso. Mi padre sale con una carpeta azul de gomillas bajo el brazo. Dice que tardará un rato. Es el secretario dela APAy quería dejar cerrado unos temas con el presidente de la asociación. Lo acompaño hasta el pozo de mi calle, la calle San Sebastián. Antes de llegar a la esquina, Angelines sale de su casa corriendo. Me pregunta por mi hermana, si estaba en casa. Asiento y se va hacía ella. Loli se asoma por la ventana y nos saluda, mientras Chari, la última de las tres hermanas, se queda con las ganas de meterse conmigo al ir acompañado de mi padre.

 

Él continua calle adelante, mientra yo subo corriendo los escalones que llevan a Doctor Fleming de dos en dos o por las rampitas de los lados. Me fijo en lo desgastado de mis zapatos por la puntera. El marrón pasaba a tener un color mas claro. Paso directamente a Párroco Fernández y veo jugar en su terraza a María Luisa y su hermano, que me saludan atentamente. En nada de tiempo llego a la antigua Primo de Rivera por la calle Jerez y me paro a charlar un rato con Diego Ramírez, gran amigo de Coca. En tiempos, nos íbamos a su casa José Manuel y yo a escuchar cintas de cassettes de Arevalo. Recuerdo los tres tirados en su sillón, muertos de risa con aquellos chistes que hoy suenan tan pasados. Continuando para el puente de Tomares, el Tagua riega su terraza. El cigarro colgado del labio no impide que pregunte como estaba mi padre. Se vienen a la cabeza las innumerables historias que relataba mi padre vividas con este hombre. Siempre se portó conmigo de forma muy cariñosa y me consta que fue muy amigo suyo siempre. Sigo hacia delante y Antonio Molina sale muy bien ataviado, dejando la cancela de su casa cerrada. No me saluda, nos conocemos sólo de vista y no sabíamos que con el tiempo llegaremos a ser buenos amigos y compañeros de bastantes correrías. Su padre lo espera en el 850 blanco aparcado a la puerta de su casa y con el motor en marcha.

 

Ese paseo iba a ser distinto, porque me iba a meter en una calle con vecinos muy especiales. Pocas veces se entraba y salía por la calle Almirante Bonifaz. Aquella tarde estaba muy concurrida. Entradas y salidas en lo de Manolo de la tienda. Se ve que alguna fiesta se prepara para por la noche. Francis González entra en su casa seguido de varios amigos con raqueta de tenis, mientras su hermana Mariló los observaba tranquila en su terraza. La señorita María José advertía a su hijo Miguel Ángel que no volviera tarde. Miguel Galindo, otro gran amigo de mi padre, pasea con su mujer camino del puente. Carlos Risoto iba con prisas. Estaba sonriente y daba besos a tres de sus hijas que se le acercaron. María del Carmen lo abrazaba, mientras Patricia esperaba paciente su turno. Silvia me saludaba. Ella y yo somos buenos amigos. Al hacerlo, Carlos se percata y me da recuerdos para la familia. A la salida de la calle, Alfonso de Diego y su hermano Javi, miraban una bicicleta, como si no funcionara bien. Su padre, desde arriba de la escalera que daba a su casa, me saludaba con la mano. Mi amigo, me dice que a ver si tenemos suerte este año y caemos juntos de nuevo en clase. Años más tarde, Javi y yo caminaríamos bastantes días de Camas a casa a la salida del instituto. Buenas conversaciones con el pequeño de los De Diego subiendola Trocha.

 

De nuevo en Primo de Rivera continúo para San Fernando. A la altura de la casa de Alferez, Mariola y Ángela Montero miran entre los cristales la colección de cuadros que el pintor tenía colgados en ese momento. Las recuerdo bastante tiempo juntas en el colegio, pero nunca las había visto en la calle. Bajando, Miguel Angel Galea tuerce para su casa. Todavía me saluda, aunque con el tiempo dejara de hacerlo. Camino de mi calle, me reencuentro con mi padre. El presidente dela APAde por entonces era Mármol, hombre muy querido en mi casa junto con su mujer, y su hijo Luis Miguel de los amigos del colegio. Con mi padre llego a casa mientras le relato mi paseo y con todas esas entrañables personas con las que me he ido encontrando en esa no muy calurosa tarde de verano.

 

Coca dela Piñera X

 

Aquella tarde de un soleado sábado de mediados de abril, estaba mi madre entretenida haciendo crochet aprovechando la luz al ser los días más largos. La media viena con aceite y azúcar la tenía sobre el poyete de la cocina y la recogía camino de la calle, donde esperaba encontrarme con mis amigos. Mi padre, en el patio, arreglaba las jaulas de los canarios y los lúganos. Aquel año consiguió una canaria blanca y la puso con el canario que más cantaba en casa. Soñaba con pichones albinos que tuvieran el trino del macho. La banda sonora partía del radio casette con alguna cinta de Antonio Mairena o Manolo Caracol. Mi hermana, en su cuarto, no dejaba de peinar ala Nancyhaciendo de madre por un momento.

Me senté en mi escalera hasta que apareciera alguien. Me fije en el perfecto pespunte de las rodilleras que mi madre pegó a los pantalones, para esconder el siete que le hice hace unos días. Al fondo aparecía Santi. Su pan traía mantequilla y le gustaba espurrear colacao por encima. Para aprovechar la mantequilla que quedaba en el cuchillo, el corte que le hacían nuestras madres al pan en uno de sus bordes. En ese punto, a mi se me acababa el migajón y llegaba a la parte donde estaba todo el azúcar. Se escuchaba la persiana de la puerta de José Manuel, con lo que ya estábamos los tres y empezaba nuestras tertulias sobre cualquier tema.

Uno de los principales, y supongo que el de la mayoría de los niños de por entonces, era charlar sobre las series de televisión del momento. Fuera de nuestra conciencia y memoria, quedaban aquellas que recuerdas a través de tus padres. Vividas por cada uno pero que nunca se llegaron a recordar “in situ”. Recuerdos que venían cuando te obligaban a comer el pescado, diciéndote que era Flipper, o cuando veías un caballo negro y pensabas que se trataba de Furia. Sin dejar atrás a los Chiripitiflauticos con el tío Aquiles o las aventuras de Bonanza en su rancho dela Ponderosa.

Los que forman parte de nuestros inicios televisivos fueron posteriores. Hablo a los nacidos sobre ’66 o ’67. Nos gustaba “Starsky y Hutch” y esas tremendas persecuciones por las calles de no sé que ciudad. “La frontera azul”, donde todos queríamos ser Lin Chung, saltar y manejar la espada como aquellos chinos. Tener un loro como el de Tonny Baretta o lanzar la lanza con la habilidad de Orzowei, aunque fuera un palo de fregona o una tranca encontrada por ahí. Empezábamos a ver con “ojitos tiernos”, que diría un amigo, a Farah Fawcett en “Los Angeles de Charlie” y vimos crecer a una familia durante años en “La casa dela Pradera”. De ser niñas pequeñas a profesoras en el pueblo. Quien no se ha bajado de una furgoneta por detrás y no se le ha venido a la mente a “Los hombres de Harrelson”. Y aquella época, en la que muchos niños iban al colegio o salían a la calle con botos, no sé si memorando a Curro Jiménez, el Algarrobo, el Estudiante o el Fraile, aunque después viniera el Gitano. Esperábamos ansiosamente esas tardes de sábado o domingo para el encuentro con ellos y la posterior tertulia después.

También teníamos dibujitos animados, periquitos, como le decíamos algunos. Desde los que duraban diez minutos hasta las series continuas y con más desarrollo. Los Pixie y Dixie, con el gato andaluz Jim, los Picapiedra, el Oso Yogui, los autos locos (tremendo Pulgoso con esa risa a Pier Nodoyuna),la Panterarosa, la hormiga atómica, el Correcaminos, y ese tan largo etcétera de dibujitos simples con carreras continuas en casas interminables donde aparecían continuamente la mesa, la lámpara, el sofá, la misma mesa, la misma lámpara, el mismo sofá, hasta que se metían en el agujero.

Relatos mas largos, de estos periquitos, los teníamos en Heidi y Marco, entre otros, pero creo que nunca llegaron a tener el agarre de Mazinger Z, en los niños de por entonces. Todavía te encuentras a gente por ahí con camisetas de la serie o, por aquí mismo, logos en su perfil de aquellos personajes. Estábamos al día de cada uno de los “brutos mecánicos” invenciones de Barón Ashler o el Conde Brocken, al servicio del Doctor Infierno. Discutíamos sobre cual de ellos, con la estrategia adecuada, pudiera haber ganado a Mazinger, si el Demos F3, el Glossam X2 o el Gelbros J3. Yo sigo pensando que el peor fue el Grengus C3. Por supuesto, a cada ataque de alguno de ellos, querernos anticipar sobre si Koji Kabuto debería utilizar el fuego de pecho o los rayos laser.

Conversaciones, cambios de opinión y risas en la escalera de mi casa a la sombra del limonero de mi vecina. Series que nunca hicieron de nosotros malas personas, a pesar de lo trágico, violento o inhumano de algunos comportamientos de los personajes. Imágenes que guardamos con cariño y que forman parte de nuestra infancia.

Guillermo Rodriguez Bernal

Fotos recuperadas del Grupo de Coca de la Piñera en Facebbok, retocadas y reparadas por el Centro de Fotografía Imágen y Comunicaicón de Camas Digital.

 

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ESTUDIO FOTOGRÁFICO EN CAMAS SEVILLA

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